Tras un fin de semana en el que, una vez más, algunos hemos vuelto a darnos de narices con la crudísima realidad de la ‘escena’ patria, pretender que alguien se pare unos minutos a leer algo sobre una banda como Les Discrets puede terminar resultando tan infructuoso como intentar enseñarle la tabla periódica a tu sobrino de tres años. En un tiempo en el que una banda reputada como Wormed, con el culo peladísimo de tocar no solo en España si no por medio mundo, no reúne a más de cincuenta personas en la capital del Principado de Asturias, mal asunto. Pero me estoy desviando del tema, si. Lo que nos ocupa es el nuevo disco de Les Discrets. O no, no lo se.
Hay una pequeña intro de casi tres minutos, luego aparece ante ti “La Traversee” y más o menos vas viendo por donde van los tiros. Siendo como es, el corte más extenso del álbum, pasa por ser uno de los más variados del mismo. Casi parece el índice de un libro mostrando con cuentagotas qué te vas a encontrar más adelante. “Le Mounvement Perpetuel” arranca lento pero preciosista, post rockero (o shoegazer según a quien preguntes), plagado de voces limpias y ritmos dulces y almibarados. Algún riff a “contrapúa” en la parte central y un sonido, por qué no decirlo, muy francés.
“Ariettes Oubliees I: Je Devine a Travers Un Murmure…” pierde la batalla con Nile en lo que a nombres largos se refiere. Lógicamente no tiene nada que ver con el combo de los señores Kollias y Wade. Y ni falta que hace. los franceses exhiben sus voces más melodiosas y todo parece disperso entre la bruma. Tranquilo, relajado, no onírico pero casi. Y justo antes de que el oyente escape al botiquín a por las pastillas contra el sueño, estalla en un maremágnum igualmente plácido, pero repleto de riffs tristes y melancólicos.
“La Nuit Muerte” resulta en principio mucho más convencional que las anteriores. Más clásica, menos (permítaseme la temeridad) gafapastil y con más arraigo en lo que uno ha escuchado toda la vida. A partir de aquí, es curioso ver como cada canción que resta hasta el final del disco, tiene un minutaje menor que aquella que la precede. No digo más que luego hay quien se mosquea y saca a relucir esos complejos de inferioridad que todos llevamos dentro. Pero eso así, por unas cosas o por otras. “Au Creux de L’Hiver” es la primera en este descenso y vuelve a la senda más personal del principio del disco, que aunque a estas alturas diste de sorprender, agrada con esos dibujos de guitarra marca de la casa. “Apres L’Ombre” irrumpe a base de guitarrazos acústicos, susurros y calma que casi sería sopor de no mediar ese medido cambio de ritmo en la parte central.
Queda para el final la discreta (jé) “Apres L’Ombre”, lo más corto del álbum a excepción hecha de la intro y que termina siendo un cierre quizá no demasiado digno para un disco bastante inspirado. No lo mejor que haya dado el país vecino en estos últimos años, pero si un trabajo que los fans de esta banda y allegadas (ese corralito que han montado Neige y colegas) sabrán apreciar en su justa medida.
Y es que “Ariettes Oubliées” uno de esos discos que mas que oír, hay que escuchar. Atender a cada detalle, a cada riff, a cada paisaje, a cada ensoñación (que depende de quien esté al otro lado, alguna habrá). No son grupo a descubrir pues ya llevan unos años dando guerra por ahí, pero me da la impresión de que cuando en esta península nuestra queramos atender a este fenómeno del país vecino, nos daremos cuenta de todo el tiempo que perdimos metiéndonos con el careto de Justin Bieber. Lástima.